GUÍA DE PAMPLONA

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AMORES DIVINOS Y PASIONES TERRENALES. Curas y monjas pecadoras en la historia de Pamplona

Hoy en día damos por supuesto que los clérigos católicos no pueden casarse y han hecho voto de castidad (no hagáis chistes fáciles que os veo venir). Pero esta afirmación que parece incontestable ha variado a lo largo de la historia, así que vamos a contar algunos casos curiosos.

La ley del celibato no se promulgó para el clero hasta el primer Concilio de Letrán (1123) bajo el Papa Calixto II, y ya de forma explícita en el segundo Concilio de Letrán (1139) con el Papa Alejandro II. Pero ni antes ni después de ambos concilios se solucionó el tema, ya que la mayoría de frailes, diáconos y presbíteros estaban casados o amancebados.

150 años después, don Rodrigo Tello, arzobispo de Tarragona, realizó en 1295 una inspección en Navarra, y dio a conocer que había 420 clérigos concubinarios (viviendo con mujeres no parientes). Los datos no son exactos pues no visitó toda la diócesis, por lo que se calcula que el número de curas casados o en concubinato era el doble de esa cifra y que más de la mitad del clero de Navarra se hallaba en semejante situación pecaminosa.

Lo curioso es que nadie se ocultaba, eran hechos conocidos por toda la vecindad y asumidos con normalidad, incluso en muchos casos se trataba a las mujeres como esposas.

Y claro, las noches eran frías y el roce hace el cariño, así que la descendencia acababa llegando, pero tampoco se escondían los hijos e hijas de los clérigos ni se ocultaba su procedencia. Tanto era así que formaban núcleos familiares, les daban sus apellidos, les protegían y beneficiaban, llegaban a desempeñar cargos de abades y vicarios, y heredaban los bienes de sus progenitores. Y ahí radica precisamente la razón fundamental por la que la Iglesia quería poner fin a tanto jolgorio: que los bienes acumulados por el clero fueran siempre transmitidos a la diócesis o a las órdenes religiosas.

Solemos referirnos a la descendencia habida fuera del matrimonio como hijos naturales, ilegítimos o bastardos, pero el concepto general no abarca los diferentes matices. Y así por ejemplo el Fuero General recogía el concepto de “hijos de ganancia”, que era cuando “entre hombre suelto y muger suelta nace alguna creatura”. Es decir entre solteros, y se diferenciaban de los “hijos bortes” (de casado u ordenado y soltera); y de los “hijos campixes”, que eran hijos de dos casados o de dos ordenados.

En el Concilio de Trento  (1545) seguían a vueltas con el celibato, la castidad y la prohibición de casamiento, pero la existencia de clérigos o amancebados se mantendrá como una constante en toda Europa.

Esta querencia la vemos por igual en el cura de pueblo que en el más alto dignatario eclesiástico del reino, así que si os parece os contamos algún caso documentado. Por ejemplo en 1291, la corona navarra pactó con el obispo de Pamplona sobre la Navarrería, y se acordó que los clérigos y laicos casados debían participar en las campañas militares. Vamos, que si no vivían en castidad les tocaba pelear como a todo el mundo.

Siendo heredero al trono, el futuro rey Carlos III peregrinó de París a Compostela en 1381, y le acompañaron varios clérigos casados como Simonet le Court, ayuda de cámara, Juan le Roux, o Juan Périz de Tafalla, clérigo de la botellería que estaba casado con Romea Pardo, con la que tuvo una hija, María Pardo.

Pedro de Olloqui canónigo de la catedral de Pamplona alcanzó el puesto de arcediano de la tabla, tercer cargo de importancia en la diócesis, tras el obispo y el vicario general. Falleció en 1376 y el rey Carlos II concedió a sus dos hijos las pechas (el cobro de impuestos personales) de Egüés, Elcano e Ibiricu.

Caso curioso es el de Lancelot, hijo bastardo de los amoríos del rey Carlos III el Noble con María Miguel de Esparza. Fue educado para la vida eclesiástica en la universidad de Toulouse y nombrado máximo responsable del obispado como vicario general y administrador perpetuo de la diócesis de Pamplona. Al fallecer en 1420, legó en favor de Margarita y Juanot, reconocidos como hijos suyos.

Sancho Sánchiz de Oteiza, fue  abad de Oteiza, rector de Aibar, deán de Santa María de Tudela prior de Villatuerta, del Puy de Estella y de Santa Cruz de Tudela y obispo de Pamplona (1420-1425). Hizo testamento en 1418 y dispuso la creación de sendos mayorazgos para sus dos hijos: Juana y Juan de Oteiza.

Nicolás de Echavarri siendo obispo de Pamplona fue asesinado por orden de Pierres de Peralta “el Viejo” en 1468, lo que no fue obstáculo para que su hijo Jimeno de Echavarri, fruto de sus relaciones con Juana Martínez de Sangüesa, pudiera progresar conforme a noble condición, siendo nombrado Recibidor de Estella entre 1470 y 1495.

Como decíamos, muy buena parte del clero vivía amancebado o incluso con apariencia de matrimonio. Pero también se sucedían los casos de adulterio, es decir, cuando mantenían amoríos con mujeres casadas, en cuyo caso el Fuero prescribía la pena del «medio homicidio». Así nos encontramos que don Miguel, el abad de Astrain, fue condenado a medio homicidio en 1384 por haber tenido un hijo, a quien llamaban «Semenieillo», de la mujer de Sancho García.

“No desearás a la mujer de tu prójimo” (Éx. 20,17), pero este precepto no se cumplía a rajatabla, y nos constan algunas aventuras de nuestros curas que no acabaron precisamente bien, pues el engañado no se arredraba por el hecho de que llevara hábitos quien le había puesto los cuernos.

Así, Miguel Périz de Esquíroz, calcetero de la Navarrería, mató en Iruña en 1400 a fray Guillén, porque le quitó a su mujer, Jurdana de la Rentería, «y aquella públicamente, tener y mantener, perdida toda vergüenza y temor, contra la voluntad de su marido, y bien cerca de su casa, a hacer a la vista de todo el mundo y todavía no contento con esto, decir y hacer cosas muy deshonestas y abominables de oír”. El cabreado de Miguel después de cargarse al fraile adúltero, se acogió a sagrado en la Catedral de Pamplona y fue exonerado por Carlos III de toda pena civil y criminal. O sea, que a la justicia le pareció justificado.

También Simón de Ororbia, barbero de Pamplona en 1416 «hirió con el cuchillo a don Gil de Urroz, capellán y le sacó sangre». El agresor compareció en juicio ante la Corte Mayor y alegó «que aquello había hecho por cuanto el dicho don Gil besara a su mujer». Fue juzgado por ello, pero el tribunal condenó al capellán a pagar 15 libras carlines por ser el causante de la acción del agresor”. Toma ya.

Como cabe suponer el caso de las monjas era muy diferente al de los clérigos. La doble moral y un sistema patriarcal absoluto hacía imposible que mujeres pertenecientes a órdenes religiosas convivieran y mantuvieran relaciones con hombres. Sin embargo, conocemos algunas historias de amoríos y aventuras que nos permiten imaginar cómo muchas novicias y postulantes sentían pasiones más allá de la mística religiosa.

Uno de los casos más divertidos sucedió en el Convento de las Benitas de Estella: allí se encontraba de novicia y por imposición familiar Jerónima, cuando el 13 de mayo de 1582 actuó en el mismo convento una compañía de músicos y actores, entre quienes se encontraba Rodrigo de la Cruz. El flechazo instantáneo o las simples ganas de escaparse hicieron que Jerónima y Ricardo se fugaran esa misma noche, huyeron por Urbasa y pretendían llegar a San Sebastián, pero la abadesa mandó buscarlos y fueron detenidos en Etxarri-Aranaz; uno fue a las rejas de la cárcel y la otra volvió a las del convento.

Las fugas eran habituales, y a título de anécdota recordamos que en el Convento de las Trinitarias de Madrid, se instalaron en el siglo XVI pinchos salteados hacia afuera en todas las rejas y ventanas para evitar el rapto de las jóvenes novicias. No pensemos en secuestros y abusos, sino que generalmente el captor era en verdad el anhelado rescatador.

Y para terminar, contaremos el caso de las carmelitas descalzas de Corella (Navarra), donde nos encontramos con un grupo de monjas seguidoras de Satanás que fueron juzgadas por la Inquisición de Logroño en 1743. En dicho proceso se acusa como cabecilla a la madre Águeda de “pacto expreso con el demonio, teniendo comercio torpe con él y con los religiosos cómplices con pretexto de obediencia y confesión”. Traducido: tener relaciones sexuales con el demonio y con los curas del convento.

Se le acusa de implicar en sus fechorías a siete monjas y religiosos, todos los cuales se reunían en una celda en la que se aparecía el mismo Belcebú, con quien tenían “acceso carnal, con deleite y con mucha frecuencia”. Menuda animación, oigan.

En el proceso se recoge “que cuando se sentía penetrada por la sombra, recibía en su interior unas ráfagas de aire que se adentraban en su cuerpo por sus partes, que era mujer muy viciosa y haber tenido tantos actos torpes repetidos con el diablo y con los religiosos cómplices, que quedó preñada en varias ocasiones; y que sabía más que las putas más corridas de Madrid”.

Aún tuvo suerte y fue condenada a llevar sambenito de media aspa, y recluida por tiempo de dos años en el convento de su religión de Pamplona.

Fuentes:

  • Concubinato, matrimonio y adulterio de los clérigos: notas sobre la regulación jurídica y praxis en la Navarra medieval. Roldán Jimeno Aranguren.
  • Lengua y sociedad: unas calas en el vocabulario de la filiación. Carmen Saralegui.
  • María Itziar Zabalza Aldave, Archivo General de Navarra (1274-1321), Col. Fuentes
  • documentales medievales del País Vasco, núm. 75.
  • Violación, rapto y adulterio, en el Fuero General de Navarra. Luis del Campo.
  • Las monjas satánicas de Corella. Fermín Mayorga.
  • Fotografías de Andrés Sesma: http://elcorreodelasmatas.blogspot.com

 

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Esta entrada fue publicada el 10/11/2018 por en CURIOSIDADES, UN POCO DE HISTORIA.

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